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Nostálgicos

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El pueblo de otra manera

   Entonces Villar del Humo era otro. Tampoco eran los mismos los ojos que lo contemplaban. Ahondando en la neblina del recuerdo distingo vagamente a aquel crío de pocos años. Las más remotas vivencias perviven en forma de anécdotas aisladas: pantalón corto de culera, gruñidos de cerdo engullendo la chura en la cuadra de la casa, algún que otro pescozón, poco más.

   Vino luego la marcha, el desarraigo de emigrante con la infancia partida, a caballo entre el nuevo lugar y el pueblo de siempre.

   A él volvía cada año, normalmente por la época estival. Se afianzaron entonces las imágenes y las sensaciones. Aun así, se difumina la línea cronológica de la memoria. Montado en el traqueteante furgón de Dalmacio, percibía a lo lejos la tenue iluminación cada vez que asomábamos por La Redonda; y entonces se avivaba el caudal de emoción. De nuevo tornaba al reencuentro con la infancia primera. Allí seguía la casa de los abuelos, enorme, enigmática, repleta de objetos oscuros y rincones inquietantes. Estaban también los amigos, las relaciones jerárquicas (éramos un poco brutos), los juegos de antaño, el viejo lenguaje no olvidado...

   ¿Cómo poder transmitir siquiera mínimamente la nostalgia de aquel tiempo? 

   Recuerdo un pueblo de trajines y olores, bullicioso de gentes y de caballerías en su ajetreo. Escenas legendarias: un enjambre de muchichos arracimados en torno a un coche que acaba de llegar, mirándolo deslumbrados y curiosos, y despidiéndolo a la carrera tras su perezoso y lento ronroneo. Memorias del desarrollo.

   La vida era dura y difícil. El relieve, hostil. El esfuerzo por llenar las trojes, sobrehumano. Mucho madrugar, tremendas caminatas y continua brega para sobrevivir. Por lo visto, hubo guerra y hambre años atrás y no era cosa de dormirse en los laureles; así, hombres, mujeres y bestias regaban con su sudor cualquier palmo de tierra asequible, a menudo arañado penosamente a la montaña. 

   Era una vida dura y difícil. Pocas veces andaba la columna perpendicular a la tierra, mientras los surcos cedían el fruto del esfuerzo. Por toda mecanización, hoces, arados y manos. Tecnología punta. En julio, la mies en la era, el sol apretando en lo alto y el tamo aguijoneando en la desesperación de quienes no podían optar entre ir al tajo o quedarse al cobijo de las recias paredes. Sólo la noche traía un paréntesis, breve, de sosiego. 

   Pero nosotros, aún chiquillos, ajenos a casi todo, ¿qué sabíamos de sufrimiento, de dolor de huesos y fatiga constante? Y así pasábamos el verano, haciendo bulto en el trillo, jugueteando con el trigo de los costales, subiendo a los mulos tras el acarreo, imprimiendo parajes de forma indeleble en la memoria. 

   Era una vida dura y difícil. Y sana. Recuerdo todavía a los miembros de mi familia pululando entre el resto de los seres vivos de la casa. Nunca tuvimos, unos y otros, retrete más ecológico que la cuadra (todo se reciclaba: recuerdo, como punto de inflexión y ruptura de aquel proceso, las primeras latas de conserva entre el estiércol). ¿A quién molestaba el olor? Aquellos efluvios, que quizá hoy nos provocarían el vómito, formaban parte de nuestras vidas, como también el tenue rumor de los animales, la emoción de encontrar a diario huevos recién puestos o el placer de llevar las caballerías al abrevadero de la Plaza de Arriba, al atardecer. 

   Los ciclos de la vida se daban naturalmente. Abundante nieve en invierno, calor moderado en verano. Por Navidad, los matagorrinos, fiestas de barbarie y regocijo en que se sacrificaba al gran responsable del sustento cotidiano. Los cinco sentidos se enriquecían con el evento. Aún veo el platillo de porcelana con asado de rabo y oreja, los críos con la vejiga del animal (estupendo globo), el lebrillo de morteruelo, las tripas repletas de carne magra (esencia del cerdo guardada para el esfuerzo que requeriría la siega)...

   ¿Cómo poder transmitir la nostalgia de aquel tiempo? 

   En la España depauperada gris de la posguerra, Villar del Humo lo había sido más, si cabe. En los años sesenta, yo percibía esto, intuitivamente, por vaga comparación con mi nueva vida. Poco a poco se fueron registrando más fugas hacia las ciudades. La vida era demasiado dura y difícil, y el éxodo llevaría a buena parte de la población a buscar mejores condiciones. Pero quedaron paisajes, gentes y vivencias; las raíces a las que no renunciamos, porque constituyen el paraíso perdido de nuestra infancia. 

   El tiempo ha pasado con su vorágine insaciable, erosionando, destruyendo, menguando capacidades, borrando figuras queridas de nuestro paisaje. Nada es como era y no volverá a serlo. Avasallador, el paso del tiempo no conoce instante de respiro. Cuando su guadaña nos venza, nosotros seremos también historia, intrahistoria de seres nada heroicos ni notables, pero sí vinculados para siempre a la entrañable tierra que nos vio nacer. 
 

 
                                                                          Jesús Saiz Ruiz.

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